El Blog de Espacio Cuidado Natural

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DEMÉTER

Diosa Deméter

Detrás de cada historia narrada, siempre emergen diferentes visiones. Cada personaje cobra vida desde su propio Universo y desde su mirada descubrimos otro prisma a través del cual,  vislumbrar matices y colores de una misma realidad.

Hoy me acompaña la Diosa Deméter y es a través de su propio sentir que te narro lo que ha permanecido oculto de lo que se consideró apropiado. Ella, una mujer amada por hombres y mujeres, descubrió el arte de sembrar y cultivar la tierra. Cuidaba de las semillas, pues creía en el potencial que aguardaba en el interior de cada una de ellas. Sentía el latido de la Tierra al caminar y sus pies descalzos eran una caricia para la Madre Tierra. Así fue como ella fue conectando con la Gran Madre, Gaia. Así fue como la Madre Tierra le susurraba una sabiduría que florecía en Deméter en la medida en que ella descubría el arte de vaciar y silenciar su mente. Su vida se llenó de belleza pues ella abrió las puertas de su corazón a la belleza que emanaba de la propia tierra. Los bosques y los verdes prados se sentían reconfortados ante su presencia. Las aguas de ríos, manantiales y lagos abrazaban su cuerpo desnudo queriendo descubrir aquello que le hacía a ella diferente. Deméter disfrutada de baños a la luz de la luna, de la suave caricia del sol al amanecer y en su ocaso, de la visita del viento con el que bailaba alborotando su pelo y de cantar a pleno pulmón alrededor de un gran fuego.

De manera natural, ella fue creciendo, amando todo lo que podía sentir, ver y tocar. Y pronto todos fueron descubriendo ese don con el que era imposible no amarla.

Dicen que Zeus se enamoró de ella y muy seguramente sea verdad, pues era tal la luz que su corazón emanaba que sólo podía despertar la belleza y el amor de todo aquel que tuviera la fortuna de deleitarse al compartir un instante con ella. Y la Naturaleza no era ajena al despertar de Deméter. Las semillas germinaban al ser bendecidas con su risa, la vida brotaba de la oscuridad de la tierra cuando ella llamaba a la vida entonando una dulce melodía. Todos fueron testigos de la conexión divina que Deméter tenía con la Madre Naturaleza.

Una noche mientras Deméter bailaba desnuda bajo la luz de la Luna Llena, Zeus se acercó hipnotizado ante tal belleza. Tu mundo está en el Olimpo, le dijo. Deméter que no conocía más que lo que la rodeaba, rechazó la invitación de Zeus. ¿Acaso podía existir algo más hermoso que la tierra que pisaba?

Zeus, que no aceptaba un NO por respuesta, hizo que un portal se abriera directo al Olimpo, una ventana a través de la cual, Deméter podía vislumbrar lo que con tanta insistencia Zeus le quería mostrar. La luz cegó la mirada de Deméter que tardó unos minutos en poder distinguir los matices, que poco a poco fueron dando forma a un lugar sobrenatural, el hogar de los grandes Dioses y Diosas, el gran Olimpo. Es cierto que era hermoso, siempre lucía un sol que aportaba una luz agradable y cálida. Moverse era más extraño, sin gravedad, era difícil caminar. Pareciera estar flotando en un instante donde el tiempo permanecía ausente. Sin embargo, Deméter sentía una fuerte atracción por la tierra, por el movimiento, la belleza de lo natural y cíclico… y no quería abandonar lo que ella consideraba su hogar. Zeus entendió que el mundo de los dioses era demasiado pequeño para Deméter y decidió quedarse junto a ella un largo tiempo. De su mano descubrió una luz y belleza que a pesar de su deidad, le había pasado desapercibida. Su delicada presencia conmovió el corazón de Zeus que acabó enamorado de ella. Deméter descubrió lo que con tanta fuerza Zeus trataba de ocultar tras el poder del trueno. Y al conectar corazón con corazón el amor entre ambos floreció. Algunas lunas después desde aquel primer encuentro, Deméter sintió que una vida crecía en su vientre, mientras su corazón se llenaba de amor y dicha.

Fruto del amor nació Perséfone y Deméter volcó su vida en el cuidado y nutrición de aquel bebé tan vulnerable e indefenso. Maravillada,  fue testigo del milagro de ver crecer a su hija.  No se dio cuenta cuando Zeus se fue, la pequeña Perséfone demandaba tanta atención que todo su mundo se concentró en torno a ella. Los días y las noches daban paso a grandes aventuras, pues madre e hija descubrían nuevos lugares, aprendían la una de la otra, mientras el tiempo transcurría sin tregua ni pausa.

Cuando Deméter quiso darse cuenta, su hija Perséfone había dejado de ser niña hacía ya algunas lunas. Se resistía al ver las alas de Perséfone,  sus ganas de descubrir otros lugares y mundos nunca antes visitados y vividos. Anhelaba aquellos años donde aún acunaba a su pequeña Perséfone en su pecho, mientras le contaba viejas historias con finales abiertos.

De ahí que su corazón se oscureciera cuando la joven Perséfone decidió viajar lejos del hogar donde nació y creció.  Sin saber que hacer, Deméter solo podía llorar. Un inmenso vacío se instauró en su vientre y en su pecho. 

Se dice que Deméter sobreprotegía a Perséfone, que creó un vinculo excesivamente cerrado en torno a ella. Que era tal su dependencia que anhelaba su regreso, pues en su ausencia dejaba morir una parte de sí misma, mientras renacía cuando volvía a abrazar a su hija. Dicen que la Tierra al igual que ella, se entregaba a un largo sueño que cubría de oscuridad y frío todo lo que en algún momento estuvo vivo. Y sólo el despertar se daba al regresar Perséfone de nuevo al hogar, al nido.

Quizás lo que no se cuenta es que Deméter necesitó tiempo para  acomodarse de nuevo a sí misma. Que durante años, ella crió a su hija sola, intentando suplir el amor de un padre ausente. Que a pesar de ello, preparó a su hija para la vida más allá del hogar. Que acicaló sus alas con esmero y la inició en el arte de vivir conectada a la vida desde el amor a sí misma. Era tal la conexión de Deméter con la Naturaleza que su duelo también fue sentido y llorado por la Madre Tierra. Vagar en soledad día y noche le ayudo a escucharse de nuevo. Buscar refugio en su cueva le brindó el calor necesario para sanar viejas heridas, que debió tapar, pues ya ni recuerda en qué  momento las dejó atrás. Sentirse, llorarse, abrazarse era cuanto necesitaba para volver a mirarse con amor y ternura. La misma mirada que Perséfone le inspiró cuando la vio por vez primera; su primer aliento, su vigoroso llanto, su espontánea risa, su mirada curiosa… Fiel reflejo de lo que ella también era. Reconocerse de nuevo ante el espejo necesitó de paciencia y tiempo. Y no fue el regreso de Perséfone lo que sanó a Deméter, fue el propio caminar hacia sí misma, lo que le ayudo a sostenerse en su ausencia y celebrar su regreso, ocurriese cuando ocurriese. Abriéndose al silencio y al frío invierno, de igual modo que al renacer de la primavera y a las noches cálidas de los meses de verano.

Deméter continuó bailando bajo la luna Llena, evocando a la vida, despertando a las semillas, susurrando a la tierra, compartiendo corazón y latido con la Madre Naturaleza, descubriéndose cada día y cada noche, disfrutando de viejos y nuevos talentos, compartiendo su dicha y gracia y también su dolor cuando éste afloraba.

Quizás al mirarte en ella, te veas también transitando el camino del amor hacia ti misma.

María José Romero Toscano

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