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EL MITO DE PERSÉFONE

Perséfone-Cuento Medicina

Hace mucho, mucho tiempo… en una época donde casi no existía ni el tiempo, los hombres y mujeres vivían disfrutando de la protección de un Olimpo reinado por muchos Dioses y Diosas. Cada uno con una función muy concreta, que permitía el equilibrio en la Tierra. El Dios Zeus, el Dios del Trueno, mantenía dicha armonía no sólo en la Tierra, también en el Cielo.

Muchas fueron sus esposas y también su descendencia. Y entre tantos de ellos, nació Perséfone. Hija de Zeus y de su hermana, la Diosa Deméter.

Deméter era la Diosa de la Agricultura, la Fecundidad y la Fertilidad de la Tierra. Se encargó de entregar a los humanos el arte de cultivarla, a cambio de su adoración y reverencia. Era muy hermosa y muy amada  por los hombres, pues a través de ella la vida brotaba, colmando de frutos a la humanidad. 

De la unión de Zeus y Deméter nació Perséfone. Una joven muy hermosa que vivía en el bosque con su madre.  A ella le encantaba pasear alegre y jugar con las ninfas de aquel maravilloso lugar. A medida que iba creciendo mostraba mayor interés por descubrir nuevos lugares y en su interior sentía el impulso de llegar hasta los límites de su hogar. Ya conocía todas las lindes y caminos, los prados y las montañas. Sin embargo, su alma seguía buscando aquello que en su día a día le faltaba.

Una mañana, como cualquier otra, mientras paseaba junto a sus ninfas, descubrió una grieta en la montaña. Otras veces había paseado por aquel lugar y nunca la vio. Se acercó a ella, y sintiendo un gran magnetismo se dejó envolver por la oscuridad del otro lado. Las ninfas no supieron reaccionar y se quedaron inmovilizadas al ver como Perséfone se alejaba y se adentraba en el abismo de aquel oscuro y tenebroso lugar. 

Poco a poco, se fue acomodando a la oscuridad. No tenía miedo y sí un deseo de conocer todo en relación a lo que se dejaba ver ante ella. A medida que caminaba, pudo percibir la humedad de la Tierra y ver y acariciar las raíces de las plantas y grandes árboles que habitaban en la superficie. Algunos extraños seres se paraban a observar la belleza de aquella joven que estaba ya muy lejos de ser una niña.

Hades, el Dios del Inframundo, sintió la presencia de la joven en su reino y atraído por una fuerza difícil de reprimir se acercó a ella. Inmediatamente sintió un amor profundo y una fuerte atracción hacia Perséfone. Se enamoró y una luz se prendió en el corazón de Hades. Durante largos días con sus noches, Hades le enseñó los misterios del Inframundo; y Perséfone mostraba no sólo atención y curiosidad por todo lo que le narraba, se iba dando cuenta que tan importante es sentir la luz como la oscuridad. Durante todo el tiempo que permaneció en su reino, se dejó cuidar por Hades, viendo en él sus propias sombras y a la vez, la luz que se guardaba en su corazón.

Mientras ellos descubrían lo oculto entre las sombras, en la superficie, Deméter se sentía perdida y desquiciada al no encontrar a su amada hija. Tal fue su locura, que al conocer que las ninfas permitieron que Perséfone cruzara el umbral del inframundo, las transformó en sirenas, condenándolas a vivir en las profundidades del mar. 

Después de la ira, le invadió la tristeza y con ella se fueron secando todas las plantas y árboles de la Tierra, llevándola a un interminable invierno. Zeus, que observaba tal desastre, se apiadó de Deméter y, conociendo donde estaba Perséfone, fue a hablar con Hades. Pero éste fue contundente a pesar de la insistencia del Dios Zeus. Perséfone ya había probado 6 granos de granada del árbol del inframundo, por lo que ya no podría salir de su reino.

Perséfone que ya no era una niña, se acercó a su amado Hades. Lo miró desde la profundidad de unos ojos que aman más allá de lo explicable, y le susurró algo al oído. “Volveré amado Hades. No deseo vivir sin tu cobijo, sin el calor de la manta con la que cada noche me recibes. Pero la luz y la vida son tan necesarias como la oscuridad y la muerte. Ha de haber equilibrio entre ambos reinos. Hoy me voy para estar seis meses en la luz, pero prometo que volveré, para buscar tu amor y tu sombra durante otros seis meses”. Dicho esto abrazó al  Dios Hades  y se despidió de él para irse con Zeus, que la llevaría a reencontrarse con su querida madre Deméter.

Y así, según esta historia, nacieron las estaciones, los equinoccios y solsticios. Durante la primavera y el verano, Deméter disfrutaba de la compañía de su hija Perséfone. Todo era luz, florecimiento y diversión; apertura a la vida. Y en el equinoccio de Otoño, ella regresaba con su amado Hades; momento tras el cual, Deméter volvía a cubrir la Tierra de frío y oscuridad. La vida parecía paralizarse y sumirse en un profundo sueño. Pero el amor de Hades y Perséfone mantenían las profundidades de la Tierra con el calor suficiente como para conservar las raíces y semillas; las cuales, volverían a renacer llegado el momento.

Estaciones del año-árbol de la vida

En cuanto a la granada, he de decir que es algo más que una fruta. Simboliza el inframundo, lo oculto y la menstruación. En el momento en el que Perséfone prueba dicho fruto, conecta con su divinidad cíclica y con la sabiduría que esta etapa le brinda. Ella se descubre como reina del Inframundo; capaz de ver más allá de lo puramente visible, gracias a la intuición que se despierta junto a su amado Hades. Conocedora de la importancia de los ciclos, así lo hace saber a Hades y a Zeus. Consciente de que con su sangre sembrará la Tierra, mientras disfruta de la luz de la superficie y la nutrirá desde el interior, cuando busque la oscuridad del inframundo. Y cada luna del año, bien arriba o bien abajo, dispondrá de unos días donde su sangre le recordará el origen de la vida, buscando no sólo el descanso, también el silencio donde se revelan los grandes misterios del Universo.

(Mito de Perséfone: Adaptación de una historia que con el paso del tiempo se ha ido desgranando, pudiéndose encontrar diferentes fuentes, diferentes visiones y matices en el trascurso de la narración. Me he permitido escribir una versión dándole mayor protagonismo a la joven Perséfone, mostrando con mayor claridad su rito de paso de niña a mujer y su apertura a la nueva etapa, tras su primer sangrado. Enfatizando en la importancia de lo cíclico y del equilibrio entre la vida y la muerte).

María José Romero Toscano

Fruta de la Granada

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