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EL TAMBOR Y LA ANCIANA

El tambor y la Anciana-Cuento Medicina

Hoy de mí, quiere nacer un cuento. No sé si será corto o largo, si sus personajes serán pintorescos e interesantes y si al final, tendremos la recompensa de haber aprendido algo. Lo que sí sé es que dentro de mí, emerge el impulso de escribir. Una mezcla de deseo y necesidad, como si sintiese a las palabras empujar,  para dejarse ver en el reflejo del papel.

Y de pronto llega una pausa larga que me invita a respirar, a ser paciente y a confiar en el ritmo que ellas quieren marcar. Las palabras llegan a mí, acariciándome desde dentro, mostrándome la belleza que aguarda el simple hecho de estar presente, atenta, enfocada más en mi sentir que en el teclado. Y continúo respirando, dando espacio, alargando los silencios internos, disfrutando de este instante que es para mí más que mágico.

Un cuento quiere nacer y simplemente soy testigo de ese nacimiento, para poder registrar cada detalle que lo hace único y especial.

Quizás en otro tiempo, hace ya muchos años, el sonido del tambor se consideraba sagrado. Con el poder de hacer recordar lo que en algún momento se había olvidado. Cuando los velos de la mente se tornaban oscuros, impidiendo disfrutar de claridad y discernimiento, un hombre se aventuró en busca de la anciana sabia, cuyo corazón resonaba igual que su viejo tambor.

­­— ¿Es aquí donde los velos desaparecen? He recorrido un largo viaje. Dicen que el sonido de su tambor me podrá ayudar.

—Aquí es. Sólo has de estar dispuesto a dejar de ser tú. A desprenderte de lo que crees que eres, de la imagen que hasta ahora con ahínco has ido forjando, de todo aquello a lo que te aferras y que crees que te define o te aporta una identidad. Despréndete de tu nombre, de lo que has hecho hasta hora, de tus logros y fracasos, de tus deseos y anhelos, de tus preocupaciones y miedos, de las palabras que te definen y de aquellas que no lo hacen. Volver a nacer asusta, pues primero has de morir.

 

La anciana quemó unas hojas de tabaco en el fuego que daba luz a su cabaña, inundando de un aroma dulce a aquella sala. Luego se acomodó en el suelo mientras fumaba de una vieja pipa de madera. El hombre no sabía si entrar o salir corriendo. Nadia le había dicho nada de morir. De hecho, poco sabía de aquella extraña mujer, de ojos negros y piel arrugada. ¿Cómo volvería a su casa después de aquella experiencia? Si dejaba de ser él ¿quién sería? Aquel instante se hizo eterno, ante la atenta mirada de aquella anciana. Sin embargo, el humo que se desprendía de su pipa, lo fue sacando poco a poco de su mente. Y sin saber cómo, se fue sentando en aquel suelo que desprendía un extraño olor a muerte y a vida.

La anciana, con mucho cuidado fue retirando de su cuerpo todo aquello que en esencia no formaban parte de él. Su torso se quedó desnudo, al igual que sus manos y sus pies. Con una mezcla de agua, tierra, plantas y raíces fue dibujando símbolos en su piel, mientras susurraba palabras de otro tiempo, de otro plano.

Poco a poco, el hombre fue olvidando el pasado que lo atormentaba y el futuro incierto, para abrirse al espacio eterno del ahora. El miedo se disolvió y salió de la cabaña, junto al humo de las plantas que seguían quemándose al fuego. Su corazón se fue abriendo, dejándose ver su verdadero sentir, un sentimiento acompañado por lágrimas, que durante muchos años fueron guardadas. Aquel hombre lloró,  rió y también gritó mientras duró aquel viaje sin retorno, mientras los cantos de la anciana iban mostrando cierta luz, en aquella noche oscura del alma.

Abatido por su propia oscuridad, portando sólo una pequeña luz, se entregó al sueño. Libre de cualquier resistencia, confiando en aquella vieja y desprendido del dolor y las cargas que durante años le habían alejado de su alma. Se rindió al instante presente, a la voluntad de lo divino y a morir, si ese era el camino.

Fue entonces, cuando el tambor sonó. Y su sonido hizo que aquel hombre se adentrara aún más en las profundidades de su mundo interno. Aquel espacio nunca por él habitado, desconocido desde lo superfluo, alejado de lo aparente. Y lo que de inicio parecía oscuro, pronto se fue iluminando. El tambor seguía sonando y el latido de su corazón, hasta el momento imperceptible, se dejó sentir. Siendo su propio corazón el que fue guiando el sonido del tambor de la anciana.

 

El hombre recordó lo que había olvidado y murió para nacer de nuevo.

 

María José Romero Toscano

 

Imagen tomada de Pintarest, Siente tu Alma. 

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