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LA PRINCESA Y SU REFLEJO

LA PRINCESA Y SU REFLEJO

En un lugar muy lejano, entre grandes montañas y verdes bosques, fue creciendo un Reino en paz, sabiduría y verdad. Sus habitantes aprendieron a vivir en armonía, disfrutaban de aquello que sin ser nombrado es sentido y se dejaban mecer por las aguas tranquilas de los ríos, que bañaban las tierras y hacían que éstas fueran ricas y abundantes. 

Hombres y mujeres conocedores de su verdadera naturaleza, se permitían ser reflejos en busca de lugares nuevos de autoconocimiento. 

En medio de tanta calma, no todo era pintado de azul cielo. La princesa del Reino a pesar de los intentos frustrados de sus padres, vivía en un continuo lamento. Suspiraba a cada paso, lloraba por los rincones y se despertaba cada mañana envuelta en una nebulosa oscura y densa. 

«TODO LO TIENE»

Escuchaba en un constante susurro a cada paso que ella daba. Desde una mirada externa, nada le impedía disfrutar de una vida de ensueño. Hermosos vestidos, ricos manjares, jardines de cuento… Había leído cientos de libros, aprendido a cantar y a dejarse llevar por la melodía de un sinfín de instrumentos. Había viajado a reinos lejanos y descubierto tierras no exploradas hasta el momento. Se adentró en aguas cálidas y profundas para ver la vida y belleza de los grandes arrecifes de corales e incluso vivió largas temporadas en remotas islas desiertas. Su peregrinaje fue fuente de inspiración para trovadores que recorrían la tierra de norte a sur, de levante a poniente. 

Nada y nadie hacía feliz a la princesa. Nada de lo que hacía ofrecía algo diferente a su infelicidad perpetua.

El viento se apiadó de ella e hizo que su historia fuera cantada por las golondrinas que surcaban el cielo. La tierra conmovida por su dolor, dejó que sus semillas viajaran guiadas por el lamento de la princesa.  El agua, no quiso ser menos y recogió cada lágrima que la princesa desprendía, atesorando su insatisfacción por la vida. El fuego del padre Sol buscó la manera de acariciar su rostro y consolar su corazón roto.

La princesa, anestesiada por un pensar recurrente y un sentir atrofiado por la desgana y la desilusión, ni se dio cuenta de tal despliegue de amor por ella.

Cientos de hombres y mujeres sabias/os, acudían cada día a palacio, con la intención de ofrecer una solución a la tristeza de la princesa. Príncipes y princesas de todo el mundo brindaron su amor, su compañía y su tiempo con la intención de hacer brotar de nuevo la luz en ella.

La princesa probó toda clase de tisanas y brebajes mágicos para aliviar su tristeza sin conseguir mejora alguna.

Un día, mientras paseaba por un pequeño bosque, se adentró en su espesura en busca de lo que ni siquiera ella podía nombrar. Se acercó a las pozas termales de la zona y se entregó a la calidez del agua que de las piedras, sin fin, brotaba. El sonido del agua, el aire acariciando las copas de los árboles, la tierra siempre en silencio y serena y el sol jugando entre luces y sombras, mientras regalaba la energía que daba impulso a cada semilla durmiente bajo un oscuro manto de hojas, musgo y tierra.

La princesa fue liberando su cuerpo de amarres y vestiduras. Desnuda de todo aquello que no puede morir, se adentró en las aguas de aquella poza. Respiró tan profundo como pudo y se permitió un instante de absoluta entrega. Había recorrido el mundo entero sin encontrar la verdadera felicidad. Había llevado su cuerpo al límite en busca  de algo que ni siquiera tenía certeza de su existencia. Quizás ella no estaba preparada para ser feliz y debía aceptar que sólo la tristeza la acompañaría hasta el final de sus días.

Su cuerpo se estremeció ante este último pensamiento. Sus ojos se colmaron de lágrimas y éstas brotaron desconsoladamente recorriendo sus mejillas y mezclándose con las aguas siempre claras y cálidas. Mientras la princesa cubría su rostro con sus manos, del agua emergió una mujer muy anciana. Su cabello largo y plateado, su piel arrugada, reflejo del transitar del tiempo. Su profunda mirada, su sutil sonrisa…

La anciana se sentó en silencio, sin originar ruido alguno, esperando que el llanto eterno de la princesa encontrase el momento de morir.

Transcurrido un tiempo difícil de estimar, la princesa sintió al fin algo diferente a su tristeza. La presencia amorosa de la anciana abrazaba en totalidad cada rincón de aquel mágico lugar. Su rostro sereno transmitía infinita paz. Pronto sintió que algo en ella cambiaba, mientras en su rostro se iba insinuando una tímida sonrisa.

—¿Quién sois? —preguntó la princesa.

—¿Qué importancia tiene? — respondió la anciana— No soy muy distinta a vos. He vivido más tiempo, eso sí. La vida me ha ofrecido más oportunidades para aprender, des-aprender y volver a aprender. Pero en esencia, soy un bello reflejo de todo lo que me rodea, incluida a vos.

La princesa, impactada por las palabras de la anciana, permaneció en silencio, simplemente observando y percibiendo todo lo que de ella le llegaba.

—Soy la… —no pudo terminar de hablar cuando la anciana se adelantó a decir…

—Lo sé. Una etiqueta, un título, un derecho de nacimiento… y sin embargo, vos sois mucho más que eso. Durante años y años habéis vivenciado lo que creíais ser. Lo habéis vivido como absoluta verdad, se habéis vestido con cadenas de seda y a pesar de haber recorrido el mundo, nunca os habéis dado la oportunidad de veros a vos misma, más allá de un reflejo distorsionado e irreal. ¿Sabéis un secreto…? ¡sois mucho más!

La princesa enmudeció, algo dentro de ella se quebró y tan solo pudo observar como todo lo que ella creía que era se desmoronada ante su presencia. La tristeza también se desplomó a sus pies. El vacío absoluto invadió cada rincón de su cuerpo y mente… Y una ligera sensación, incapaz de reconocer, brotó a la altura de su pecho.

Hubo un gran silencio. El viento dejó de soplar, las copas de los árboles dejaron de danzar y el agua del manantial detuvo su infinito fluir. La anciana cerró sus ojos para deleitarse en su universo interno. Tras dicha pausa, los abrió y con una gran dulzura continuó hablando…

—En ocasiones, estamos tan inmersos en nuestras historias, muchas de ellas mentales y nada reales, que dicho exceso de pensamientos nos impide ver con espaciosidad, claridad y discernimiento. Buscáis a ciegas experimentar la felicidad, que de alguna manera habéis recreado en vuestra mente a través de idealizaciones y fantasías propias de los cuentos de hadas. Creéis saber de qué se trata y sin embargo, poco sabéis de ella si corréis de vos misma en busca de lo que imagináis que aguarda afuera. Querida princesa, quizás hoy sea la primera vez. Quizás hoy podáis ser testigo del Gran Misterio. — tomó una respiración profunda y cerró sus ojos.

La princesa, con sus grandes ojos verdes, no perdía detalle de todo lo que en ese momento se estaba dando. Y casi sin darse cuenta, fue dejando espacio dentro de sí para una respiración más lenta y profunda. Su cuerpo se fue liberando de toda tensión mientras el aire descubría lugares hasta entonces no habitados.

—Cerrad vuestros ojos, querida niña —indicó la anciana sin abrir los suyos— permitid que vuestra postura sea cómoda. Juntas iniciaremos un viaje maravilloso, desde nuestra quietud y presencia. Descubrid como vuestra respiración suave y delicada, profundamente sentida, masajea vuestro cuerpo desde dentro, entregándolo en un bello gesto a la Madre Tierra. Con cada respiración, os sentís más unida a ella, transformado incluso vuestros pensamientos en musgo, raíces y tierra. 

Respirad, querida niña, respirad…

La voz de la anciana llevó a la princesa a un estado de relajación profunda. 

Consciente de todo cuando acontecía afuera, consciente de todo cuanto se revelaba desde dentro.

—Seguid mi voz en todo momento, mientras descubrís un lugar hermoso a vuestro alrededor. Un gran bosque, luminoso, acogedor, rebosante de color y vida. Todos vuestros sentidos se agudizan y os invitan a caminar, mientras os deleitáis ante su belleza.

La princesa, guiada por la voz de la anciana, descubrió un lugar nunca antes visitado por ella. Frondoso, vital, acogedor y esplendoroso. En su caminar fue encontrando flores de llamativos colores, cuyas fragancias resultaban embriagadoras; majestuosos árboles, cuyos troncos no era capaz de abrazar en su totalidad; mariposas que revoloteaban por doquier, pequeños seres que se acercaban curiosos y sonrientes, felices de ver por fin a su princesa. Cervatillos, conejos, ardillas, colibríes… e incluso luminosas hadas se acercaban volando para colocar bellas flores en el cabello de la princesa.

Ella, no pudo más que sonreír ante tanta amabilidad, frescura y belleza;  mientras se adentraba en aquel lugar donde la luz le ofrecía un bello reflejo de sí misma.

No todo está iluminado por vuestra luz.

—No todo está iluminado por vuestra luz — pronunció la anciana—

Y en ese mismo momento, no muy lejos de donde ella se encontraba, emergió una espesa niebla que iba cubriendo y sumiendo en la oscuridad todo lo que alcanzaba a su paso. El miedo se apoderó de ella. Paralizada, sin saber qué hacer, esperaba a que la anciana le ofreciera el camino para esquivar aquella niebla que no dejaba de pronunciar su nombre.

—¡Confiad! — exclamó la anciana, sabedora de lo que la princesa estaba viviendo— La luz y la oscuridad son necesarias tanto fuera como dentro. Nos muestran el foco donde hemos de prestar atención para renacer en amor. Inhalad y exhalad largo y profundo y dejad que de lo más profundo de vos nazca la melodía que abrazará tanto vuestra luz como vuestra oscuridad.

La princesa se sentó sobre la tierna hierba, rodeada de su propia luz y por su oscura niebla; tiritando de frío y miedo, comenzó a cantar. Su voz delicada y etérica, fue tomando cuerpo para mostrarse poco a poco cada vez más firme y contundente; sin perder jamás el hilo de la melodía que de ella nacía. Su corazón encontró la brecha por la cual mostrar su grandeza. Su cuerpo fue liberando pesadas armaduras, ideas, creencias, rígidas capas que le impedían sentir. Lloraba y reía a la vez, en una danza alquímica donde el gozo y el éxtasis por fin alcanzaron a abrazarse en el caldero de su vientre. Todo su cuerpo embriagado de amor por ella, se sentía extasiado por la cantidad de emociones que a borbotones pulsaban desde dentro hacia fuera, desde fuera hacia dentro.

—Respirad, querida niña… Regresad de nuevo al dulce movimiento de una respiración amplia, serena y profunda. Observad como las emociones danzan en el interior de vuestro cuerpo, mientras una parte de vos, observa, se recrea y se distancia. Se deja embriagar por ellas, al tiempo que al exhalar, da un paso hacia atrás para permitir ser sólo el testigo de su movimiento; de su nacimiento, expresión y muerte. Experimentad, jugad, atreveros a ser. Aprovechad para soltar toda clase de resistencias, todo aquello que os limita a ser… Y sentíos completa —la anciana guardó silencio de nuevo.

Sin saber cómo, la princesa sintió la necesidad de bailar. Su cuerpo encontró en la danza una forma natural de soltar y liberar lo que no era inherente a ella. Y en aquel lugar tan hermoso como inhóspito, su voz y su movimiento libre le otorgaron seguridad y confianza.

Agotada, se rindió y se entregó a aquel suelo, mientras su respiración se fue encontrando, de nuevo, en un ritmo más pausado, natural y suave.

—Cuando sintáis que es el momento, ofreceros un instante para recibir la medicina de este lugar. Quizás os llegue algún mensaje, alguna comprensión, la certeza que siempre habéis estado buscando y por la que habéis removido cielo y tierra. Llenad vuestro corazón de amor y gratitud. Recordad que solo necesitáis de un instante para regresar a este bello lugar que es y será siempre Dulce y hermoso, caótico y oscuro… Luz y sombra, alegría y pena, enfado y éxtasis, bondad y tiranía… Recordad ser la observadora de todo lo que cada día se ofrece en vuestro interior; y sin necesidad alguna, se os revelará cómo y de qué manera podéis transformar la oscuridad en amorosa luz.

La princesa se llevó las manos al corazón para recoger la sabiduría de aquella vivencia. Una brújula se le fue entregada, cuya flecha siempre le recordaría que el camino es hacia dentro.

Suavemente, sin prisa alguna, se despidió de aquel lugar tan mágico como tenebroso. Se sentía viva, plena y como bien había dicho la anciana, completa. Mucho era lo que aún debía procesar y dejar reposar…

Su mirada llena de vida se encontró con los sabios ojos de la anciana. Transformada se sentía, al igual que el entorno en el que se encontraban, pues la tarde se adentraba, sin pausa alguna, al final del día.

Un espejo le ofreció la anciana. Con marco de madera de roble y no de plata, y sin más adornos que un escrito labrado con una vieja navaja:

Me amor tal cual soy, pues ya Soy.

La princesa se emocionó al contemplarse en él y no encontró en su interior razón alguna para no amarse. Cuando sus ojos quisieron buscar a la anciana, ésta ya no estaba, en su lugar sólo había agua.

FIN

María José Romero Toscano

Inspirada en mi propia vivencia tras conocer a Francisca, una anciana sabia. Hermoso encuentro el nuestro, rodeadas de vida, sol y agua.

 

Gracias por tu amable lectura. Deseo de corazón que tu mirada se haya dulcificado y tu pecho se haya llenado de luz. Puedes leer más Cuentos Medicina si te sumerges en mi blog.

Déjame un comentario haciéndome llegar tu sentir y si así lo sientes, comparte con tu entorno para seamos más en este camino de Amor y autodescubrimiento.

6 comentarios en «LA PRINCESA Y SU REFLEJO»

    • Muchas gracias Laura, es un cuento que muestra un camino para habitarnos desde nuestro ser esencial. A mi me ayuda a recordar y continuar cultivando una mirada amorosa hacia mí misma y mis procesos internos y a descubrirme a través de mi propio reflejo.

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    • Marga, muchas gracias por tus palabras. Los cuentos tienen su magia, un recurso maravilloso que ha sido usado por el ser humano desde los albores de la humanidad. A mí me maravilla el poder de sanación y transformación que tienen.
      Escribir me alinea, me transforma, me ayuda a ser consciente de mi crecimiento. Disfruto mucho de este proceso creativo que nace fruto de un amor infinito a la vida y desde ese estado amor expandido lo comparto.

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